La Pluma del Conocimiento

 
 

 

 

Una Misma Fe

Centro Mundial Bahá'í (*)


 

  A principios del siglo XX se había consolidado una interpretación materialista de la realidad en forma tan completa hasta convertirse en la religión mundial predominante por lo que se refería al rumbo de la sociedad. Junto con ello, la educación de la naturaleza humana había sido violentamente sacada del curso que había seguido durante milenios. En occidente, a muchos les parecía que simplemente se había disuelto y desvanecido la autoridad divina que había hecho de centro focal de la guía -por muy diversas que fuesen las interpretaciones de su naturaleza-. En gran parte, las personas quedaban en libertad de mantener cualquier interpretación sobre la relación entre su vida y una existencia más allá de lo material, mas la sociedad en su conjunto se dispuso con creciente confianza a cortar la dependencia respecto de un concepto del universo que era considerado, en el mejor de los casos, una invención, y en el peor un narcótico, algo que en ambos casos impedía el progreso. La humanidad había tomado el destino por su propia mano. Había resuelto a través de la experimentación racional y el discurso -así se le hacía creer a la gente- todas las cuestiones fundamentales que tenían que ver con el ejercicio del gobierno y el desarrollo humanos.

Esta actitud fue reforzada por la suposición de que los valores, ideales y disciplinas cultivadas a lo largo de los siglos eran ya rasgos de la naturaleza humana fidedignamente estables y permanentes. Era menester solamente que fuesen refinados por la educación y reforzados por la acción legislativa. el legado moral del pasado era precisamente eso: la herencia irrevocable de la humanidad, que no requería de más intervención religiosa. Es verdad que individuos, grupos y aun naciones indisciplinadas seguirían amenazando la estabilidad del orden social y requerirían correctivo. Sin embargo, inspirada en nociones seculares de la realidad, surgía irresistiblemente la civilización universal hacia cuya realización habían conducido a la raza humana todas las fuerzas de la historia. La felicidad de la gente sería el resultado natural de una mejor salud, mejor alimentación, mejor educación, mejores condiciones de vida: metas indiscutiblemente deseables que ya parecían estar al alcance de una sociedad entregada al único objetivo de lograrlas.

En toda aquella parte del mundo en que vive la gran mayoría de la población mundial, pocos prestaban atención a declaraciones ligeras en el sentido de que "Dios ha muerto". La experiencia hacía tiempo les había confirmado a los pueblos de África, Asia , Latinoamérica y del Pacífico la opinión de que no solamente la naturaleza humana es profundamente influida por las fuerzas espirituales, sino que su propia identidad es espiritual. En consecuencia, como había ocurrido siempre, la religión continuó ejerciendo autoridad final en la vida. aunque no se vieron directamente confrontadas con la revolución ideológica que tenía lugar en Occidente, tales convicciones fueron eficazmente marginadas por ésta, por lo que a la interacción entre pueblos y naciones se refiere. Habiendo penetrado y capturado todos los centros importantes de poder e información de ámbito mundial, el materialismo dogmático se aseguró de que ninguna idea opuesta conservara la capacidad de desafiar los proyectos de explotación económica a escala planetaria. al daño cultural ya causado por dos siglos de dominio colonial se añadió una angustiosa separación entre experiencia interior y exterior de las masas afectadas, condición que invade de hecho todos los aspectos de la vida. Impotentes para ejercer influencia alguna en la configuración de su futuro, o siquiera preservar el bienestar moral de sus hijos, estas poblaciones fueron sumidas en una crisis distinta de la que adquiría impulso en Europa y Norteamérica, pero en muchos sentidos más devastadora. Aunque mantenía su papel central en la conciencia, la fe parecía incapaz de influir en el desarrollo de los acontecimientos.

Por lo tanto, a medida que el siglo XX se acercaba a su fin, nada parecía menos probable que un resurgimiento de la religión en cuanto tema de importancia para el consumo mundial.

Sin embargo, ello es precisamente lo que ha ocurrido ahora en forma de una profunda corriente de ansiedad y descontento, en gran parte sólo vagamente consciente del sentido de vació espiritual que la produce. Con una virulencia mayor de lo desconocido hasta ahora, han reaparecido antiguos conflictos sectarios, que por lo visto no reaccionan fácilmente a las pacientes artes de la diplomacia. En medios de comunicación influyentes se examinan solemnemente, si bien en forma indiscriminada, temas de las Sagradas Escrituras, fenómenos milagrosos y dogmas teológicos que, hasta hace poco, habían sido desechados como restos de una época de ignorancia. Las referencias religiosas adquieren en muchos países un nuevo y potente significado en la candidatura de aspirantes a cargos políticos. El mundo. que suponía que con la caída del Muro de Berlín había comenzado una nueva época de paz internacional, ha caído en la cuenta de que es presa de una guerra de civilizaciones cuya característica distintiva son las antipatías religiosas irreconciliables. Las librerías, quioscos de revistas, páginas Web y bibliotecas luchan por satisfacer el apetito aparentemente inagotable del público, que busca información sobre temas religiosos y espirituales. Tal vez el factor más insistente en el cambio lo constituya el reconocimiento a desgana de que no tiene verdadero sustituto la creencia religiosa en cuanto fuerza capaz de generar autodisciplina y restaurara el compromiso de un comportamiento moral.

Detrás de la atención que ha comenzado a atraer sobre sí la religión, en cuanto a su concepción formal, se encuentra un resurgimiento general de búsqueda espiritual. Expresado más comúnmente como un afán de descubrir una identidad personal que trascienda lo meramente físico, este acontecimiento alienta un sinnúmero de búsquedas, de carácter tanto positivo como negativo.

Por una parte, la búsqueda de la justicia y la promoción de la causa de la paz internacional tienden a producir también el efecto de estimular nuevas concepciones sobre el papel del individuo en la sociedad. De modo semejante, aunque se concentran en la movilización de apoyo a los cambios en la toma de decisiones sociales, movimientos como el ecologismo y el feminismo inducen a la gente a reexaminar su imagen de sí mismos y de su objetivo en la vida. Una reorientación que se da en todas las comunidades religiosas más importantes es la migración acelerada de creyentes de ramas tradicionales de las religiones matrices hacia sectas que dan importancia primordial a la búsqueda espiritual y a las experiencias personales de sus miembros. En el polo opuesto, las observaciones de extraterrestres los regimientos del "auto descubrimiento", los retiros en el desierto, la exaltación carismática, diversos entusiasmos por la Nueva Era y la eficacia atribuida a los narcóticos y alucinógenos en elevar el nivel de conciencia atraen seguidores en mucho mayor número y diversidad que todos los que tuvieron el espiritismo o la teosofía en un momento histórico decisivo similar de hace un siglo. Para un baha'ì, la proliferación incluso de cultos y prácticas que pueden despertar aversión en la mente de muchos sirve básicamente como recordatorio de la sutileza contenida en la antigua narración de Majnúm, quien tamizaba la arena en busca de su amada Leylí, aunque sabía que ella era puro espíritu: "La busco por doquier, quizá en alguna parte la halle".

El renaciente interés por la religión está claramente lejos de haber alcanzado su apogeo, ya sea en sus manifestaciones explícitamente religiosas o en las menos definidas de carácter espiritual. Al contrario: el fenómeno es producto de fuerzas históricas que continuamente cobran impulso cuyo efecto común es socavar la certeza, legada al mundo por el siglo XX, de que la existencia material constituye la realidad última.

La causa más evidente de estas reevaluaciones ha sido la quiebra de la empresa materialista misma. Durante más de cien años la idea del progreso se identificó con el desarrollo económico y con su capacidad de motivar y modelar el mejoramiento social. Las diferencias de opinión que existían no cuestionaban esta visión del mundo, sino solamente las concepciones de cómo lograr mejor esas metas. Su forma extrema, constituida por el dogma de hierro del "materialismo científico", trataba de reinterpretar todos los aspectos de la historia y el comportamiento humano en sus propios estrechos términos. Cualesquiera fuesen los ideales humanitarios que hubieran inspirado a algunos de sus primeros oponentes, la consecuencia universal fue producir regímenes de control totalitario dispuestos a usar todos los medios coercitivos en el control de las desventuradas poblaciones sometidas a ellos. La meta alegada para justificar tales abusos eran la creación de un nuevo tipo de sociedad que garantizaría no sólo la erradicación de la indigencia sino también la satisfacción del espíritu humano. Finalmente, tras ocho décadas de locura y brutalidad progresivas, el modelo fracasó como guía creíble para el futuro del mundo.

Otros sistemas de experimentación social, si bien rechazaban el recurso de métodos inhumanos, obtenían su empuje moral e intelectual de la misma concepción limitada de la realidad. Se afianzó el criterio de que, actuando la gente esencialmente en interés propio en lo que atañe a su bienestar económico, se podía asegurar el establecimiento de sociedades justas y prósperas por uno u otro plan de lo que se describía como modernización. Sin embargo, las décadas finales del siglo XX cedieron ante una carga creciente de pruebas en contra: la desintegración de la vida familiar, el aumento de la criminalidad. sistemas educativos disfuncionales y una serie de patologías sociales que traen a la memoria las sombrías palabras de Bahá'u'lláh que advertían sobre la inminente condición de la sociedad humana: "Tal será su condición, que exponerla ahora no sería apropiado ni correcto".

La suerte corrida por lo que el mundo ha dado a llamar desarrollo económico y social no ha dejado lugar a dudas de que ni los motivos más idealistas pueden corregir los defectos fundamentales del materialismo. Nacido de resultas del caos de la Segunda Guerra Mundial, el "desarrollo" llegó a ser. como mucho, la empresa colectiva de mayor alcance y más aspiraciones a que se haya lanzado la raza humana. Su motivación humanitaria igualaba su enorme inversión material y tecnológica. Cincuenta años después, si bien hay que reconocer los impresionantes beneficios que ha traído el desarrollo, esa iniciativa debe ser juzgada, con sus propios criterios, como un desalentador fracaso. Lejos de estrechar la distancia que separa el bienestar del pequeño sector de la familia humana que disfruta de las ventajas de la modernidad y la condición de las amplias poblaciones empantanadas sin esperanza, en la indigencia, el esfuerzo colectivo que comenzó con  tan caras esperanzas ha visto ensancharse esa distancia hasta formar un abismo.

La cultura del consumismo, a falta de otra, heredera actual de evangelio materialista del mejoramiento humano, no se muestra perturbada por la naturaleza efímera de los objetivos que la inspiran. Para la pequeña minoría de personas que puede permitírselos, los beneficios que ofrece son inmediatos, y no sienten vergüenza por su razón fundamental. Alentado por el desmoronamiento de la moralidad tradicional, el avance del nuevo credo no es en esencia más que el triunfo del impulso animal, instintivo y ciego como todo apetito, librado al fin de las restricciones de las sanciones sobrenaturales. Su víctima más evidente ha sido el lenguaje. Las tendencias que antaño habían sido censuradas universalmente como faltas morales se transforman en necesidades para el progreso social. El egoísmo pasa a ser un valioso recurso comercial; la falsedad se reinventa como información pública; diversos tipos de perversión reclaman la condición de derechos civiles. Bajo eufemismos convenientes, la avaricia, la lujuria, la indolencia, la soberbia- incluso la violencia- adquieren no solamente amplia aceptación sino valor social y económico. Se da la ironía de que, a medida que las palabras han sido vaciadas de significado, también lo han sido las mismísimas comodidades y adquisiciones materiales por las cuales la verdad ha sido gratuitamente sacrificada.

Está claro que el error del materialismo no radica en el loable esfuerzo por mejorar las condiciones de vida, sino en la estrechez de miras e injustificada autocoanfianza que han determinado su misión. La importancia tanto de la prosperidad material como de los avances tecnológicos necesarios para su logro es un tema que aparece en todos los escritos de la Fe bahá'í. Sin embargo, como era inevitable desde la partida, los esfuerzos arbitrarios por separar semejante bienestar físico y material del desarrollo espiritual y moral de la humanidad han terminado por perder la lealtad de precisamente aquellas poblaciones a cuyos intereses pretende servir esa cultura materialista. "El mundo padece y su agitación aumenta día a día", advierte Bahá'u'lláh. "Su dolencia se aproxima a la etapa de total desesperanza, por cuanto se impide al verdadero Médico administrar el remedio, mientras se mira con aprobación a practicantes incompetentes y se les otorga completa libertad para actuar.."

A la desilusión con las promesas del materialismo se suma una fuerza de cambio que socava los equívocos acerca de la realidad y que la humanidad introdujo en el siglo XXI: la integración global. A su nivel más sencillo, se manifiesta en avances en las tecnologías de las comunicaciones, que abren amplias vías de interacción entre las diversas poblaciones del planeta. Además de facilitar los intercambios entre personas y sociedades, el acceso general a la información tiene como resultado transformar el cúmulo de conocimientos de todas las épocas, que hasta hace poco era propiedad exclusiva de élites privilegiadas, en patrimonio de toda la familia humana, sin distinción de nación, raza o cultura. Con todas la flagrantes desigualdades que perpetúan -y de hecho intensifica- la integración global, ningún observador informado puede dejar de reconocer el estímulo a la reflexión sobre la realidad que han producido tales cambios. Con la reflexión ha ocurrido un cuestionamiento de toda autoridad establecida, ya no sólo de la religión y la moral, sino también del gobierno, del sistema académico, del comercio, de los medios de comunicación y, cada vez más de la opinión científica. Aparte de los factores tecnológicos, la unificación del planeta está produciendo otros efectos aun más directos en el pensamiento. Sería imposible exagerar, por ejemplo, el efecto transformador sobre la conciencia global que se ha derivado de los viajes masivos a escala internacional. Mayores aún han sido las consecuencias de la inmensas migraciones que el mundo ha presenciado durante el siglo y medio transcurrido desde que el Báb declaró Su misión. Millones de refugiados que huyen de las persecuciones se han desplazado en vaivén cual marejadas, sobre todo a través de los continentes de Europa, África y Asia en particular. En medio del sufrimiento causado por tal agitación, se percibe la progresiva integración de las razas y culturas del mundo en cuanto ciudadanos de una única patria que es el planeta. Como consecuencia, gentes de todo origen han sido expuestas a otras culturas y normas, acerca de las cuales sus antepasados poco o nada sabían, lo que ha provocado una búsqueda de significado que no se puede eludir.

Es imposible imaginar cuán distinta habría sido la historia del pasado siglo y medio si alguno de los principales árbitros de los asuntos del mundo a quienes se dirigió Bahá'u'lláh se hubiese dado el tiempo de reflexionar sobre una concepción de la realidad avalada por los méritos morales de su Autor, méritos morales que ellos alegaban tener en la mayor estima. A los baha'ìs sí les resulta evidente que, a pesar de esa omisión, las transformaciones anunciadas en el mensaje de Bahá'u'lláh se están cumpliendo irresistiblemente. Compartiendo descubrimientos y fatigas, gentes de diversas culturas son confrontadas con la humanidad tal como es, inmediatamente debajo de la superficie de diferencias imaginarias de identidad. Ora objeto de obstinada oposición en algunas sociedades, ora bienvenido en otros lugares como una liberación de las limitaciones inútiles y asfixiantes, el sentimiento de que los habitantes de la tierra son efectivamente "las hojas de un mismo árbol" se convierte lentamente en el criterio con el cual se juzgan ahora los esfuerzos colectivos de la humanidad.

La pérdida de fe en las certezas del materialismo y la progresiva mundialización de la experiencia humana se refuerzan mutuamente en el anhelo que inspiran de alcanzar un entendimiento acerca de la finalidad de la existencia. Se ponen en duda valores básicos; se abandonan lazos localistas; se aceptan exigencias otrora impensables. Bahá'u'lláh explica que es este cataclismo universal para el cual las escrituras de las religiones pasadas emplearon la simbología del "Día de la Resurrección": "Se ha elevado el grito, y las gentes han salido de sus tumbas, y al levantarse, miran a su alrededor". Por encima de todo el trastorno y sufrimiento, se trata de un proceso esencialmente espiritual: "Ha soplado la brisa del Todo misericordioso, y las almas han sido vivificadas en las tumbas de sus cuerpos".

 

 


      
   

INDICE