La Pluma del Conocimiento

 
 

 

Amor y matrimonio (*)

Rúhíyyih Rabbani  (**)

 


 

Nosotros, como individuos, no somos fenómenos aislados. Toda nuestra vida se basa en relaciones con otros individuos, la perfección no se puede alcanzar en forma independiente. Como somos una especie gregaria por naturaleza ‑como las abejas, las hormigas y los animales que forman rebaños‑ no es posible que cada uno de nosotros desarrolle su propio carácter como una unidad aislada. El sacerdote, el sufí, el fakir, quienes pasan su vida ocupados incansablemente en la búsqueda de un sendero puramente personal hacia la salvación, o en madurar y perfeccionar su propio ego, ya sea mediante renuncia a los bienes del mundo, o mediante penitencias y la auto flagelación, están en el camino equivocado. Están tratando de nadar en contra de la corriente de la vida, ya que el progreso de los individuos incluidos en cualquier especie gregaria, se obtiene mediante interacción, cooperación, competencia, estímulo y los beneficios del ejemplo. En consecuencia, gran parte de nuestro camino hacia la perfección personal atraviesa las vidas de aquellos con quienes nos ponemos en contacto. La forma en que los tratamos, la forma en que reaccionamos a ellos, afecta nuestro propio carácter y ayuda a modelarlo, sea para mejor o para peor.

El mundo progresa mediante multiplicación; las células se dividen y aumentan, otras se unen y tienen prole. El hombre y todas las restantes formas de vida reproducen su especie. Las relaciones fundamentales de la vida humana se encuentran, por tanto, en la familia. Por grande que sea la amistad, ella no es la base de la sociedad humana. La base está en formar pareja. El hombre y la mujer son la unidad primordial; alrededor de ellos se reúnen los círculos crecientes de niños, parientes y amistades.

Por lo tanto, una de las cosas más esenciales en la vida de todo individuo es su forma de abordar el tema del sexo. La gente siempre ha sabido que es importante, pero nunca ha alcanzado dimensiones como las actuales a la vista del público. El mundo civilizado se revuelca en conciencia sexual, en libertinaje sexual, en literatura y en estimulantes sexuales. No obstante todo el énfasis exagerado que se ha puesto en él, no parece haberse encontrado la solución a los problemas que plantea; por el contrario, se están multiplicando con tal rapidez que los pronósticos actuales indican que en los Estados Unidos, antes de mucho tiempo, la mitad de los matrimonios puede fracasar. Según dice un autor: “La educación corre una carrera contra el caos". Los divorcios dan un salto hacia adelante; la frecuencia de las enfermedades venéreas, no obstante las curas maravillosas disponibles, va en continuo aumento; el índice de natalidad en muchas naciones grandes, disminuye; la perversión moral aumenta peor que todo, el libertinaje y la promiscuidad saturan grupos de edades cada vez menores; en verdad, las prostitutas de menos de nueve años de edad no son desconocidas en la actualidad en la sociedad occidental, la que está tocando nuevas profundidades de degradación moral abismal mediante la creciente publicación de pornografía infantil, el reflejo de una mentalidad tan depravada que da terror a cualquier persona normal. Es evidente que hay algo que está completamente mal; completamente mal con la sociedad en general y con la actitud de los individuos que la constituyen. Debemos estar actuando en contra de leyes espirituales fundamentales, en contra de directrices morales esenciales que son indispensable para nuestro desarrollo, porque sí estuviésemos actuando en conformidad con ellas, los males mencionados anteriormente irían en disminución en lugar de aumento.

Se podría decir, que, en términos generales, se practican tres tipos de matrimonio en el mundo: en su forma más predominante que se encuentra no solamente en Asia y África, sino a lo largo de las islas del Pacífico y en sociedades tribales del Hemisferio Occidental‑ se considera que el matrimonio no es tan sólo una obligación social necesaria que se debe cumplir con respecto a la comunidad, sino como prácticamente obligatorio y una cuestión de familia, sobre el que los padres tienen una decisión primordial; otra es más o menos la actitud europea, que la considera una relación fundamental para el funcionamiento apropiado de la sociedad, que se debería aceptar filosóficamente y que se debería arreglar para obtener la mejor ventaja para todos los involucrados y que no se debería esperar de él demasiado en lo que se refiere a romance personal ‑siendo el romance algo que se puede encontrar en otra parte, si se necesita. La tercera forma de abordar el matrimonio es la que podríamos llamar ultra americana; es intensamente individual, es idealista y romántica en extremo y se basa en gran medida en aquello que se llama amor. A la gente se la lleva a esperar que la suprema felicidad no solamente se puede obtener mediante el matrimonio, sino que si no se obtiene, entonces el matrimonio debería ser disuelto y pueden seguir probando nuevos compañeros por tiempo indefinido; que si no se sienten satisfechos románticamente, entonces la relación ha fracasado por completo en su propósito y debe ser lanzada por la borda.

Éstas, claro está, son generalizaciones y deberían ser tomadas como tales. Pero sigue en pie el hecho que, hablando en términos generales, existen tres actitudes hacia el tema: la que es epitomizada por el oriental, quien no posee elevadas anticipa­ciones de hallar sea amor perfecto o cualquier otro tipo de relación ideal en su unión, que lo considera como un acto esencial de la vida mediante el cual puede perpetuar su nombre con honor y puede contribuir su cuota de prole a la sociedad; la del europeo (por falta de un término más adecuado), que también tiene pocas ilusiones en cuanto a los estados ideales de felicidad que puede alcanzar mediante el matrimonio, quien es más libre en su elección, pero sin embargo muy convencional en tales cuestiones, y que tiene un alto respeto por la vida en familia como una institución, pero que no muestra aversión en buscar su agrado en otra parte` la del americano, quien espera demasia­do del matrimonio con un esfuerzo excesivamente pequeño de su parte, que lo aborda en forma en exceso individualista, con una falta de consideración extrema por el consejo de sus mayores y sale corriendo de él en forma muy precipitada.

Es poco probable que una encuesta sobre felicidad matrimonial muestre resultados mejores en los Estados Unidos que, digamos, en Tailandia. De hecho, es posible que nos sintamos asombrados de encontrar más felicidad real y armonía en las uniones que, para gente en América del Norte y en Europa, pueden ser consideradas como de gentes atrasadas, pero que, sin embargo, a menudo tienen una actitud más normal hacia el tema del matrimonio. Pero en todo caso, con un carácter inmaduro y enfermizo, una relación tan íntima como el matrimonio es poco probable que produzca felicidad en alguna parte. Si tomamos los dos extremos: un hombre del Medio Oriente, en general, espera muy poco de un lazo que tiene posibilidades muy grandes para enriquecer la vida y dar profunda alegría; un americano en el otro extremo, espera demasiado de él, ante todo porque está poniendo énfasis sobre valores equivocados.

La gran mayoría de la raza humana ve el matrimonio como una relación designada para producir niños. Los americanos tienen la tendencia a verlo como una relación designada para producir satisfacción sexual. Mientras más pronto se enfrente la gente con el hecho que el primer punto de vista se basa en la verdad y las leyes de la naturaleza y que el segundo es, en gran medida, un énfasis exagerado sobre un detalle de menor importancia, más felices estarán.

Posiblemente no se puede hallar un lugar más propicio para señalar algunas verdades esenciales que en relación con tema tan importante como el matrimonio. El mundo en que vivimos, los sentidos que poseemos, las facultades más altas de apreciación que hemos desarrollado, tales como el goce estético del sonido y del color según se expresa en la música y en el arte, son, todas, cosas buenas con las que tenemos no solamente el derecho a deleitarnos, sino que casi se podría decir tenemos la obligación de gozar, porque son parte de nuestro derecho de nacimiento, que Dios nos ha dado. Pensar que es santo o piadoso, o un signo de desprendimiento, desatender lo que el Cuerno de la Abundancia de la naturaleza ha derramado con tal riqueza para nuestro deleite, pensar que al despreciar los placeres legítimos que la vida nos ofrece, estamos siguiendo el sendero de la salvación, es vivir bajo un grave error de concepto. Todos nues­tros sentidos son puertas que nos pueden conducir no solamen­te a una expresión más plena de la vida, sino a una mejor comprensión de ella y a un estado más elevado de desarrollo interior. Pero como cualquier otra cosa, se les debe mantener en el lugar que les pertenece, cumpliendo las funciones que les corresponden.

Si un hombre tiene un sentido agudo del gusto y del olfato, un buen oído para la música, un ojo que se deleita con la simetría y el color; si siente con profundidad sus emociones; si su mente puede caminar por los senderos de la literatura y de la ciencia con comprensión y gozo, no se debe concluir de ello que está hundido en la sensualidad o que es un materialista acabado. Por el contrario, muestra que ha desarrollado apropiadamente las facultades que Dios le ha dado. Pero en el instante que se transforma en un glotón, en el instante en que vive para satisfa­cer y dar rienda suelta a alguno o todos sus sentidos, sean estéticos, sexuales o incluso intelectuales, está abusando de sus dones y está impidiendo el desarrollo de su, alma. Ya no está sólo gozando de lo que puede ofrecerle este mundo a través de sus sentidos, se está convirtiendo en un esclavo de sus sentidos más bien que su amo; es casi como si el teclado de un plano obligase al pianista a tocar lo que él quiere, en vez de que el músico domine el instrumento y toque su propia composición en él, a su mane­ra. Así como el ascetismo no es natural y es fundamentalmente falso en sus principios, de igual manera el libertinaje es también falso e incluso más perjudicial para la naturaleza humana, porque por mala que sea la abstinencia, el abuso de cualquier cosa tiene efectos peores.

Es el viejo caso del jinete y del caballo. Es una sensación maravillosa montar un animal brioso y galopar. Es muy peligro­so estar montado en uno sobre el que apenas se tiene control alguno. De todas las múltiples cosas sobre las que la gente parece haber perdido el control en estos días, nada se destaca más vivamente que su total falta de dominio sobre su vida sexual. Parecen creer que la satisfacción de su instinto extremadamente sobre desarrollado de sexo es su derecho soberano, su único camino a la felicidad, y el placer más grande que les puede ofrecer la vida. Todo lo que se refiere a la civilización occidental tiende a poner al sexo a la luz pública: literatura liviana, con la producción interminable de cuentos de pacotilla sobre amor, que por largo tiempo han sido continuamente la dieta especial­mente de lectoras femeninas, ha sido ampliada ahora por una marea de suciedad que desborda las repisas de libros de bolsillo en librerías, almacenes, terminales de aeropuertos, farmacias, los salones de entrada de hoteles, con publicaciones que no hace mucho habrían sido consideradas como pornografía y habrían sido prohibidas; la industria cinematográfica ahora produce películas ‑que se anuncian en cartelera y fotografías‑ las que dejan virtualmente nada para la imaginación y proveen a los niños de cualquier edad con un conocimiento casi enciclopédico no sólo sobre el tema de actos sexuales normales, sino de los anormales, incluyendo la homosexualidad y el lesbianismo. La música, el arte, las modas, el maquillaje, los avisos ‑que in­cluyen el uso sutil y peligroso de técnicas de subumbral que golpean directamente sobre la mente subconsciente ‑todos están atareados en avivar, con ventoleras gigantescas, las llamas del deseo sexual. Bajo tales condiciones sociales, el matrimonio, como una relación humana, no puede sino sufrir rápido deterio­ro. Parece ser que la consigna es, "Naciste para encontrar satis­facción en el sexo, ésta es tu libertad básica, búscala", y la gente, sin hacer preguntas, parece aceptar este consejo devastador; y los resultados son la enfermedad, la depravación y el divorcio, en escala cada vez mayor.

Es inútil argumentar que el hombre debe seguir sus instintos como lo hacen los animales, y que esto dará lugar a una vida saludable. Los hombres no son animales y sus instintos están tan divorciados de aquellos que impulsan a la bestia, que no sólo es imposible que los sigan, sino que es peligroso para ellos intentar hacerlo. Los animales son controlados por sus instintos, de la misma manera que son impulsados a expresarse mediante ellos. Los seres humanos no lo están; sus facultades de libre albedrío, de pensamiento abstracto, de intensificación de las emociones mediante su interacción con la mente, han producido en ellos fuerzas tremendas que deben ser dominadas y dirigidas y no se les debe permitir que corran con desenfreno como vemos que lo hacen hoy.

La mismísima flor del espíritu del hombre es su capacidad para amar. El amor no es solamente la fuerza de cohesión más grande de la sociedad, es la única amalgama permanente, la única fuerza posible que puede producir unidad entre la gente y, en esta forma, mediante la unidad, puede producir orden y una atmósfera en la que la vida puede funcionar a su nivel más alto y mejor. La expresión equivocada del sexo puede degradar la verdadera naturaleza del hombre. Aquello que para la bestia no es ningún pecado y sólo el cumplimiento inocente y espontá­neo de un impulso de la naturaleza para reproducir su especie, en el hombre llega a ser un pecado. ¿Por qué? Porque no es digno de él, es degradar su alma por debajo del nivel del animal; porque a diferencia del animal, el hombre no sólo está muy consciente de sus actos, sino que es responsable de ellos; al buscar canales pervertidos, degradados y de promiscuidad para expresar el sexo, los seres humanos están perfectamente cons­cientes de la elección que están haciendo y saben, aun cuando en algunos casos sea sólo vagamente, que la satisfacción puramente sensual que experimentan puede estar sacrificando otro conjunto de valores más finos.

Si encontrásemos que los miembros de diferentes especies se apareaban aun cuando no hubiese prole, nos sentiríamos espan­tados y horrorizados ante tales evidencias de desenfrenada li­cencia entre animales. Sin embargo los seres humanos son mil veces peores en la satisfacción de sus pasiones sexuales sobre desarrolladas, ¡y no vemos en ello causa ni de vergüenza ni de alarma! Naturalmente, la gente no está feliz; lógicamente, los matrimonios no son satisfactorios y se desintegran. Cuando se pasan totalmente en alto tanto el cuerpo y el alma en un asunto de tanta importancia como el sexo ‑el cuerpo en el sentido que desarrolla un apetito y una licencia que no son naturales para un animal, y el alma en el sentido que se lo aparta ya sea de contribuir algo a la vida sexual del individuo o de obtener algo de ella -¿cómo pueden ser felices los matrimonios? y si el matrimonio, la piedra angular de la sociedad, se halla insegura y no está cumpliendo su finalidad, cómo pueden otras relacio­nes, que de él derivan, tales como las de los padres y, de los hijos, hermanos con hermanas, parientes y amistades, ser satisfacto­rias y contribuir en la parte que les corresponde para el enrique­cimiento de la totalidad de la vida?

Esto nos trae al punto crucial del tema, el punto del amor. El Dr. Alexis Carrel, el famoso médico e investigador, que ganó el Premio Nobel, ha expresado sucintamente la importancia fun­damental que tiene el amor en nuestras relaciones:

"Aún no hemos comprendido plenamente que el amor es una nece­sidad, no un lujo. Es el único ingrediente que es capaz de soldar y unir al esposo, la esposa y los hijos. Es el único cemento suficiente­mente fuerte para unir en una nación a los pobres y a los ricos, los fuertes y los débiles, el empleador y el empleado. Si no tenemos amor en el hogar, no lo tendremos en otra parte. El amor es tan esencial como la inteligencia, la secreción tiroidea o el jugo gástrico. Ninguna relación humana será jamás satisfactoria si no se inspira en el amor. El mandato moral amaos los unos a los otros, es probablemente una ley fundamental de la naturaleza, una ley tan inexorable como la primera ley de la termodinárnica"[1]

'Abdu'l-Bahá ha dicho, expresando el mismo pensamiento en forma aún más categórica:

"El amor es la causa de la revelación de Dios al hombre, el lazo vital inherente a la realidad de las cosas, según la creación divina. El amor el único medio que asegura la verdadera felicidad tanto en este mundo tomo en el próximo. El amor es la luz que guía en medio de la oscuridad, el eslabón viviente que une a Dios con el hombre, que asegura el progreso de toda alma Iluminada. El amor es la más grande Ley que gobierna a este ciclo poderoso y celestial, el poder sin par que enlaza los diversos elementos de este inundo material, la fuerza magnética suprema que dirige los movimientos de las esferas en los reinos celestiales. El amor revela con poder ilimitado, que no falla, los misterios latentes en el universo. El amor es el espíritu de vida para el ornado cuerpo de la humanidad, el que establece la verdadera civilización en este mundo mortal y el que derrama gloria imperecedera sobre toda raza y nación con elevadas miras."[2]

¿Por qué habría de ser tan importante el amor?, Porque el Dios que nos creó es un Dios de amor. Su naturaleza penetró en todo lo que creó. La fuerza que une a los átomos, las líneas invisibles de atracción que mantienen en su sitio a las rotantes galaxias, la cohesión en la materia, las caras alegres de las flores, que están abiertas para la polinización y para derramar nueva vida sobre la tierra, los pájaros que cortejan y construyen sus nidos así como el majestuoso ciervo con su gama y cervatillos, el hombre con su mujer y su bebé, son todos reflejos de esta característica primaria del Creador ‑ amor.

Cuando unimos el amor con el sexo en el lugar que le corres­ponde, que es el matrimonio, tenemos una fuente perdurable de felicidad y fuerza de donde obtener provecho. El sexo puede fortalecer el amor, el amor puede sublimar el sexo hasta una comunión espiritual, un júbilo para el alma como también para el cuerpo.

El matrimonio debe ser visto en su relación correcta con el individuo y con la comunidad en general. Nunca se podrá obtener lo máximo de algo, a no ser que se comprenda su verdadera función. El matrimonio es algo que se debe esperar, ante todo, a causa de la camaradería de por vida que provee. Es muy probable que su compañero de por vida va a durar más que todas las restantes relaciones íntimas. Lo más probable es que primero se morirán los padres, los hijos crecerán y harán su propia vida, los hermanos y hermanas y amistades tendrán sus propias relaciones íntimas en la vida, las que obligadamente tendrán el primer lugar. Pero el compañero, la esposa o el esposo, estará allí siempre. Las alegrías y las penas tendrán que ser compartidas, los ingresos, gran parte de sus intereses y diversiones, serán algo que tendrán en común. Antes de con­traer matrimonio hay que darse cuenta de esto, hay que meditar si ambos podrán pasar por todo ello juntos en forma satisfac­toria.

No tenga esperanzas excesivas en el matrimonio, ni tampoco espere demasiado poco. El agua no puede subir más allá de su propio nivel. La unión de dos personas no puede producir más de lo que ellas contribuyen a ella. Si se está lleno de imperfeccio­nes: intolerante, impaciente, exigente, dictatorial, suspicaz, cor­to de genio, egoísta, no se imagine que estas características van a hacer que su matrimonio sea feliz o que al cambiar su compañe­ro, una nueva unión va a tener más éxito. El matrimonio, como todas nuestras restantes relaciones en la vida, es un proceso que, entre otras cosas, sirve para suavizar nuestras aristas. El esmeri­lado duele, el ajustarse al carácter de otra persona es difícil en un comienzo, por cuyo motivo se necesita más amor aquí que en ninguna otra relación. El amor, al ser esencialmente una fuerza divina, une; como una chispa, salta el espacio que hay entre los pensamientos y deseos conflictivos de las personas, posiblemen­te entre temperamentos que difieren ampliamente. Cura las heridas que todos nos infligimos los unos a los otros ya sea en forma inadvertida o en momentos de ira, celos o encono. A la influencia del amor en el matrimonio se agrega luego otro catalizador poderoso: la costumbre. El hogar en común, la aso­ciación diaria, produce un marco común y el hábito, una de las fuerzas más poderosas de la vida, comienza a enlazar al marido y a la mujer. Actúa como un maravilloso estabili zador; si se deja que falle el amor, es posible que el hábito, por sí sólo, sea suficientemente fuerte como para mantener la unión.

Hay dos grandes postulados en la ecuación del matrimonio: el primero es la castidad, el segundo es hijos. La castidad ‑una de las joyas morales más escasas en el mundo de hoy –significa conservar los poderes sexuales personales, tan íntimos en su naturaleza, capaces de dar tanta belleza a la vida, para su expre­sión debida, que es con su compañero de por vida, su cónyuge, aquél con quién compartirá hogar, hijos y, todas las cargas‑ ale­gres y tristes de vivir. La decencia, la limpieza espiritual del matrimonio, ‑su esencial humanidad, se acrecientan mil veces con la castidad tanto de parte del hombre como de la mujer, antes de su unión. Las posibilidades de que su matrimonio tenga éxito son también mucho mayores, porque entonces comparti­rán el uno con el otro, en todas sus formas, la nueva vida que han emprendido. No se harán comparaciones, no se habrán cultivado apetitos exagerados de parte del uno o del otro que podrían mancillarlo y, por sobre todo, habrán puesto el sexo en el lugar que le corresponde, donde en vez de desbocar la naturaleza emocional del individuo (como lo hace en grado tan marcado en la actualidad), cumplirá su función natural al completar la vida y contribuir a su normalidad y salud.

Contradiciendo el vocerío de hoy de que constreñir el deseo sexual significa dañar la salud y violar la gloriosa y legítima libertad del individuo en tales materias, el Dr. Carrel nos dice:

"Antes del matrimonio, el estado ideal es el de castidad. La castidad necesita entrenamiento moral a temprana edad. Es la más alta expresión de autodisciplina. Abstenerse voluntariamente del acto sexual durante la juventud, da mayor realce a la calidad de la vida que cualquier otro esfuerzo moral o físico"[3]

La concomitante lógica de la castidad es el matrimonio y, si es posible, el matrimonio joven.

La finalidad del matrimonio son los hijos y, no obstante, en nuestro mundo moderno, especialmente en la vida agitada de las grandes ciudades, se está perdiendo rápidamente de vista este hecho. Hemos navegado a la deriva, alejándonos hasta tal punto de la buena y limpia tierra que nos engendró, perdiéndo­nos a tal extremo en la maraña de nuestra civilización material, que cada vez más nos estarnos negando las alegrías y bendiciones más primitivas que posee la bestia.

Está en nuestra naturaleza tener hijos. No sólo es bueno para nosotros físicamente el tener hijos, a la vez que necesario para la sociedad que los tengamos, sino que también es para nosotros una bendición espiritual. El haber creado una nueva vida, una vida como uno mismo, que brota de uno, que depende de uno, despierta toda una gama de nuevas emociones en el corazón humano. ¡Muerto está, en verdad, el corazón del hombre que no late con mayor celeridad al contacto de la mano de su bebé! Nos arranca una parte del egoísmo no con que siempre estamos sobrecargados. Trae un interés nuevo y agudo por la vida, un nuevo sentido de responsabilidad. Hace que un hombre piense más en sí mismo y en su honor. Despierta un nuevo tipo de amor, un amor que necesariamente debe dar y ser paciente, privándose a sí mismo. En el hecho, tener un hijo puede y debe ser una auto purificación para los padres. Da ímpetu a la vida; he aquí una tarea muy exigente, hay que proveer para este nuevo ser humano, debe ser ayudado, entrenado, educado. Une más a la madre y al padre, renueva los manantiales de su amor, hace brotar hojas verdes en el árbol del matrimonio. Por sobre todo, aleja gran parte del vacío que a menudo viene con la edad. La gente joven puede encontrar suficientemente llena la vida sin los hijos, y la gente de edad media siente que puede arreglárselas sin ellos en la plena mar de la auto expresión, pero para los ancianos sin hijos la vida resulta especialmente estéril y sin interés, singularmente vacío de amor.

Hay una razón final, mucho más profunda para tener hijos. Podríamos comparar la vida con un vuelo; la materia inanimada se ha levantado para formar materia animada, la vida ha evolucionado para dar el hombre; sólo el hombre regresa a Dios. El vuelo se remonta hasta un apogeo que no podemos percibir aún al estar en este mundo; después de la muerte el individuo sigue viviendo, progresando, desarrollándose; no deberíamos romper voluntariamente la cadena a no ser que haya una muy buena razón para ello ‑ ni impedir que otras vidas lleguen a la existencia, para que también puedan remontar su vuelo hacia adelante y hacia arriba.


NOTAS:

(*) Artículo extraído de su obra “Prescripción para vivir”. 2da. Edición, Editorial Universitaria. Traducida al español de la Versión original en inglés “Prescription for Living” por el Dr. Alejandro Reid. Santiago de Chile, 1981.

[1] 'Por Dr. Alexis Carrel, M.D. de The Readers Digest, Pleasantville, julio 1939. Reimpresión autorizada.

[2] Traducido por Shoghi Effendi en The Bahá’í World, Vol. II, Pág. 50

[3] Ibid.

 

 


(**) Rúhíyyih Rabbani, Mano de la Causa de Dios y esposa del Guardián de la Fe Bahá’í, nació en Montreal, Canadá en 1910, residió en Haifa,  el Centro mundial de la Fe Bahá’í hasta su fallecimiento en el año 2000. Un persona de intereses y capacidades prodigiosas, además de ser una administradora y viajera mundial, fue escritora, poeta, conferencista y productora de películas. Entre sus libros encontramos “La Perla Inapreciable” (una biografía completa de Shoghi Efendi) y “Prescripción para vivir”. Tenía un dominio del inglés, francés, alemán e inclusive persa, idiomas en los que dio numerosas conferencias.


 

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